Sayra Stephanie Pereira Ortiz tiene 26 años y una historia que empezó casi por accidente. A los 14 años jugaba basquetbol con potros en Chihuahua cuando el profesor Oscar Sánchez, entrenador de la UACh, la invitó a probar handball solo por su estatura. «Me gustó, porque es totalmente diferente», cuenta. Ese primer entrenamiento la llevó, meses después, al Centro Nacional de Desarrollo de Talentos Deportivos en Ciudad de México, donde terminó secundaria y preparatoria mientras entrenaba dos y hasta tres veces al día. Dejó atrás a su mamá y una vida que, admite, ni siquiera conocía del todo: llegó al handball sin saber nada del deporte, sin saber que existían competencias ni mundiales.

El camino no fue solo disciplina. A los 20 años, en plena pandemia, Sayra sufrió una lesión en el hombro que los médicos llamaron «pico de perico»: una fractura del húmero que, por su forma curva en el corte transversal, recuerda al pico de ese ave, y que en su caso venía acompañada de ligamentos rotos. Fue un año completo fuera de las canchas y, según reconoce, un momento en el que llegó a pensar en dejarlo todo. La psicóloga que contrató su entrenadora, dice, terminó siendo tan importante como cualquier preparador físico para sacarla adelante. Ese mismo proceso de exigencia extrema la llevó, en 2021, a cambiar su representación de Chihuahua al Estado de México, cansada de esperar apoyos y viáticos que no llegaban: «había veces que decían ‘sí, después te lo damos’ y no llegaban».
Ese cambio coincidió con una racha de resultados: bronce en el nacional Premier de 2022 y oro consecutivo desde 2023, además de hitos como un empate histórico ante Argentina en los Juegos Panamericanos de Cali y un bronce continental en Groenlandia, donde la selección mexicana venció dos veces a Cuba, uno de sus rivales más duros. Detrás de ese salto también está la innovación de su entrenadora, Adriana García, quien incorporó neuroentrenamiento a la preparación: ejercicios con luces y pelotas de colores que las jugadoras después trasladaban a la cancha, memorizando en silencio a qué posición debía ir cada pase según el color asignado.

Todo ese trabajo desembocó en Santo Domingo 2026, donde México cargaba doce años sin subir al podio en unos Juegos Centroamericanos y del Caribe, con Sayra presente en los tres intentos fallidos anteriores (Barranquilla 2018 y San Salvador 2023, ambos en cuarto lugar). Tras vencer a Costa Rica y Venezuela, caer ante Cuba en fase de grupos y perder una semifinal apretada contra República Dominicana, el equipo se repuso para enfrentar a Puerto Rico por el bronce. «A veces ni veo el marcador… se siente la presión», describe Sayra sobre esos momentos parejos del primer tiempo. Ella misma aportó cuatro goles en un partido que, en sus palabras, sirvió para «sanar una herida de mucho tiempo».
De las jugadoras que subieron al podio en esa medalla, cuatro son chihuahuenses, algo que Sayra atribuye al trabajo constante de clubes como Mambas, donde hoy es auxiliar de entrenamiento además de seguir compitiendo. Según su propia percepción, el mejor momento de un atleta de handball se ubica entre los 26 y los 32 años, edad en la que ella misma se encuentra y en la que asegura sentirse en su mejor momento físico y mental, aunque no oculta que hoy vive «un duelo» entre continuar compitiendo o probar la vida de alguien que no entrena dos veces al día: el repechaje rumbo a los Juegos Panamericanos podría disputarse en octubre, justo cuando su contrato laboral actual se lo complica.

Pase lo que pase con esa fecha, Sayra ya dejó claro que seguiría levantando la mano para el ciclo panamericano del próximo año, aunque reconoce que llegar a unos Juegos Olímpicos sería «dificilísimo» frente a potencias como Brasil. Pero si hay una persona que ha sostenido cada paso de este camino, es su mamá, Rafaela. La misma que lloró la noche en que Sayra, a los 14 años, recibió la llamada que la mandaría lejos de casa; la que nunca dejó de apoyarla incluso cuando tuvo que dejar su trabajo para perseguir esta medalla; la que, en palabras de la propia Sayra, «siempre ha dado la cara en todo por mí». Junto a su entrenadora Adriana García, a quien describe como una segunda madre, Rafaela es el pilar que ha acompañado a Sayra desde aquella niña que no sabía en qué se estaba metiendo hasta la mujer que hoy carga una medalla que le devolvió el aliento a todo un equipo. Con 12 años de carrera, Sayra resume su filosofía con el mismo mensaje que repite a sus niñas de Mambas: que no tengan miedo, que el handball «deja muchas satisfacciones», y que las oportunidades, cuando llegan, no vuelven dos veces.
