A sus 44 años, Jorge Lira conoce de memoria las dinámicas, los rostros y los peligros que se viven día a día a bordo de la unidad que conduce en la ruta Riberas del Sacramento. Sin embargo, detrás del volante, el trabajo de un operador del transporte público va mucho más allá de acelerar, frenar y cobrar el pasaje: se trata de una constante labor de evaluación de riesgos donde la seguridad y la tranquilidad de decenas de personas dependen de las decisiones que toma en cuestión de segundos.
La decisión en la puerta: ¿A quién dejar subir?
Para Jorge, negar la entrada a un usuario en mal estado no es un capricho, sino un filtro de prevención y protección para el resto del pasaje. En el turno diario, encontrarse con personas bajo los efectos del alcohol o sustancias es una constante. «Al momento de que alguien se sube tomado, ocurren un chorro de situaciones difíciles que nos ponen en riesgo a todos. Me ha tocado de todo: desde personas que van orinando en la puerta trasera o se quedan dormidas en el pasillo sin dejar pasar a la gente, hasta situaciones donde me han vomitado la unidad o me han intentado golpear», explica el operador.
Más allá del deterioro o los daños materiales a la unidad, la prioridad principal es la integridad de las familias que abordan el camión a diario. «En la unidad van niños, van señoras, van muchachas. A veces hay gente ebria que se quiere sobrepasar con las pasajeras, manoseándolas o diciendo malas palabras al aire. Por eso prefiero evitar que suban, para evitar todos esos problemas antes de que pasen a mayores», destaca Jorge.
Clandestinidad en los asientos traseros y enfrentamientos nocturnos
Incluso cuando se logra mantener la vigilancia en la puerta de ascenso, la rutina nocturna presenta sus propios retos. Al apagar las luces principales de la cabina para evitar el encandilamiento del tráfico frontal, la parte trasera de la unidad se convierte en un punto ciego donde algunos usuarios intentan ingerir bebidas alcohólicas o consumir sustancias.
«En las noches, cuando limpio el camión al terminar el turno, sale un chorro de latas tiradas entre los asientos», relata el chofer. «Un día escuché cómo destapaban latas en la parte de atrás. Prendí la luz interna y vi a tres hombres hablando con groserías frente a las señoras y muchachas que venían en el viaje. Les pedí respetuosamente que le bajaran un poco, y uno de ellos de inmediato me respondió de forma agresiva: ‘¿A ti qué te importa, qué te valga…'».
Ante la falta de respeto hacia los pasajeros y la falta a las reglas de la unidad, Jorge no dudó en detener la marcha y exigirles que descendieran. «Me bajé del asiento y les dije: ‘Saben qué, compas, bájense’. Uno de ellos se me echó encima para pelear, pero sus acompañantes lo frenaron advirtiéndole que llamaríamos a la policía. Tuve que ponerme firme y recordarles que uno es el que maneja la unidad y que el camión es para trasladarse, no para agarrarlo de cantina. Al final se bajaron, pero son situaciones de tensión a las que te enfrentas constantemente».
El complejo equilibrio entre el servicio y la seguridad
Uno de los mayores desafíos para un chofer es conciliar el deber de brindar un servicio público a cualquier ciudadano con la responsabilidad de velar por la seguridad colectiva. A menudo, seleccionar a quién no subir genera incomprensión y reclamos por parte de los mismos usuarios.
«Es bien difícil encontrar el equilibrio, porque en el camión va gente buena, gente tranquila que viene o va a sus trabajos. Pero me ha tocado que se intenta subir gente armada con cuchillos, con jeringas o con la intención de drogarse arriba. Cuando le niegas el paso a alguien así, hay pasajeros que se molestan y te reclaman: ‘¿Por qué no lo subió?’. Yo les tengo que explicar: ‘Señora, porque viene drogado o trae un arma, y no voy a poner en riesgo a nadie'».
Cuando la condición del pasajero no se detecta al abordar, Jorge aplica la mediación directa antes de que la situación escale: «Si ya están arriba, me toca pedirles que se bajen, les regreso su dinero del pasaje y les digo con calma: ‘Así no te puedo llevar, mi compa, no quiero que ocasiones alguna lesión o un accidente'».
Un trabajo al límite: Amenazas, accidentes y la incomprensión social
Las experiencias límite forman parte del historial de la ruta. Jorge recuerda un incidente crítico ocurrido sobre la avenida Niños Héroes, cuando un hombre de unos 50 años abordó la unidad. Inicialmente aparentaba tener alguna limitación física, pero tras avanzar unos pocos metros mostró una actitud sumamente agresiva. Al solicitar la parada en un carril no permitido y exigir la devolución de su dinero, el hombre lo amenazó de gravedad e intentó agredirlo.
«Me decía que si no le daba el pasaje me iba a orinar encima. Me levanté del asiento y cuando se me vino encima le sujeté las manos para protegerme de un golpe. En ese forcejeo se hizo hacia atrás, perdió el equilibrio cerca de los escalones y cayó de nuca hasta el piso. Quedó bastante lesionado. Afortunadamente, los mismos pasajeros testificaron ante los policías que el señor venía en muy mal estado, se había puesto impertinente y se cayó solo al intentar agredirme».
Casos impactantes en la misma ruta Riberas —como el de un joven que sufrió una sobredosis tras inyectarse a mitad del trayecto frente a los pasajeros, obligando a detener la marcha para llamar a urgencias y patrullas— demuestran los escenarios extremos a los que están expuestos a diario.
«A veces la gente nos cuestiona sobre por qué subimos o no a alguien. La realidad es que uno trabaja al ritmo de la calle, subes al pasaje para cumplir con la jornada, sacar el sueldo y completar para el diésel de la noche. En la prisa no siempre puedes detectar a simple vista cómo viene cada persona. Al final, nos toca apechugar la responsabilidad y hacer lo posible para que todos lleguen con bien a su destino», concluye Jorge.
La realidad a bordo
Al final, historias como la de Jorge Lira reflejan lo que realmente se vive en las calles de la ciudad. El camión no es solo un medio para ir de un punto a otro, sino un reflejo del día a día donde se cruzan las necesidades, los problemas y las imprudencias de la gente. Entre la prisa de la ruta, la presión de completar para el diésel y la responsabilidad de cuidar a los pasajeros, los choferes tienen que lidiar con situaciones que nadie ve desde afuera. Por eso, al apagar el motor al terminar la jornada, el verdadero triunfo no está en el número de pasajes cobrados, sino en haber terminado el turno con bien y sin contratiempos que lamentar.
Foto: Jorge Lira
(El ciudadano menor de edad de la foto de portada fue autorizado por su responsable para aparecer en la foto)
