Víctor Hugo Chávez: la historia detrás del «amo y señor de la receptoría»

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En redes sociales lo llaman «el amo y señor de la receptoría», y este año ese apodo le ajustó como anillo al dedo. Víctor Hugo Chávez, catcher de los Manzaneros de Cuauhtémoc, fue nombrado el Jugador Más Valioso de las finales de la Liga Estatal de Béisbol, un reconocimiento que llega cargado de historia, de sacrificio y, sobre todo, de fe: la fe de un padre que un día lo llevó de la mano a un campito para que descubriera el béisbol, sin saber que se convertiría en el motor de toda su vida.

Todo empezó a los nueve años, en un terreno modesto detrás de lo que hoy es una secundaria en la liga Churubusco, con un equipo llamado Tortas Ramiro que ya ni siquiera existe. Ahí, un niño que ni siquiera sabía qué posición jugaba —»yo no traía short y traía pantalón negro, no sabía cuál era la ubicación de nada»— comenzó a enamorarse de un deporte que, irónicamente, admite que ni le gustaba ver de chico. El cambio a la receptoría llegó por instinto paternal: su papá, cansado de verlo lanzar cada domingo, le pidió buscar una posición donde durara más tiempo en el campo. Fue el entrenador cubano Frank Hernández quien terminó de pulirlo detrás del plato, sin imaginar que estaba formando a una leyenda del béisbol regional.

De suplente a MVP: el camino de Víctor Hugo Chávez hasta el out 27 que lo cambió todo

Su ascenso fue casi vertiginoso: a los 15 años debutó en el regional, y apenas un par de temporadas después ya vestía la camiseta de Dorados, el gran equipo estatal, como suplente del receptor titular. El destino, sin embargo, tenía otros planes: una convocatoria a la selección mexicana juvenil lo llevó a concentrarse un mes entero y a jugar un mundial en Curazao, dejándolo fuera de casi toda la temporada regular. Cuando regresó, en plenos playoffs contra Cuauhtémoc, lo mandaron a cachar de emergencia en un juego que su equipo iba perdiendo por varias carreras. Lo que siguió fue un final de cuento: una remontada, un título de manera casi accidental, y un joven que, sin buscarlo, ya nunca soltaría la máscara.

De ahí, su historia se escribió entre despedidas difíciles y nuevos comienzos. Llegó a Parral en 2012, tras una salida de Dorados que aún hoy relata con serenidad y fe: «por algo pasan las cosas… a mí me tenía Dios destinado a otros lados». Ahí ganó tres campeonatos, forjando una identidad como uno de los receptores más sólidos del estado. Pero en 2018, con una hija pequeña de por medio y el corazón puesto en estar más cerca de casa, tomó la decisión de mudarse a Cuauhtémoc, el equipo que hoy describe con una devoción casi familiar: «sales de tu zona de confort… creo que Cuauhtémoc fue anillo al dedo para mí», confiesa, y se nota en su voz que no es solo una frase hecha.

Esta temporada, sin embargo, puso a prueba algo más profundo que su brazo o su bateo: puso a prueba su temple. Chávez pasó la mayor parte del calendario regular como suplente, apenas con seis juegos detrás del plato, mientras en su vida personal ya tenía planeado un viaje familiar que, casi por destino, terminó acomodándose perfecto con el calendario de playoffs. En medio de esa incertidumbre llegó también un momento amargo: un conato de bronca entre ambas escuadras en la serie ante Indios de Juárez, que él mismo describe como «vergonzoso para la afición», pero que terminó siendo el parteaguas mental que necesitaba. «Puedes estar fuerte físicamente, pero si no estás mentalmente bien, no funciona», reflexiona, y fue precisamente él quien, con esa cabeza fría, recibió el out 27 que le dio el título a Manzaneros tras remontar una serie que estaban perdiendo 4-1.

Pero para Víctor Hugo, ni el MVP ni los reflectores son lo que de verdad pesa en el corazón. «A mí lo importante es que fuimos campeones; el MVP vino a la mano, fue la cereza del pastel», dice, casi restándole protagonismo a un logro individual que muchos otros presumirían con orgullo. El anillo se lo dedica a su madre, a sus hijas, a su novia, y de manera muy especial a la memoria de su padre, fallecido en 2018, la persona que sin saberlo sembró en él el amor por este deporte desde aquel primer día en el campito de la Tortas Ramiro. Hoy, con una nueva faceta como manager del equipo de béisbol de la universidad —donde debutó este año en el torneo nacional de «Los Ocho Grandes» con una medalla de bronce en su primera participación—, Chávez mira hacia atrás con gratitud y hacia adelante con la misma pasión de aquel niño que no sabía ni cómo pararse en el campo, con un mensaje simple pero sentido para los jóvenes que empiezan: que disfruten el camino, que valoren las amistades que deja este deporte, y que le echen ganas, porque nunca se sabe en qué momento la vida los va a poner, sin avisar, frente al out que lo cambia todo.

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