Hay experiencias que te abren los ojos de golpe, y pasar las últimas 48 horas acompañando a un familiar en la clínica del IMSS Morelos aquí en la capital es una de ellas. No se trata de números en un informe de gobierno ni de discursos optimistas; se trata de la cruda realidad que miles de chihuahuenses respiran a diario en esos pasillos. Desde que cruzas la puerta, el ambiente te avisa que entras a una zona donde la paciencia no es una opción, sino un mecanismo de supervivencia.
El verdadero viacrucis empieza con el reloj en contra y el clima encima. Ver a adultos mayores y familias enteras esperando por horas bajo el calorón de julio, ya sea por una consulta, un trámite o el simple reporte de un paciente, genera una enorme impotencia. Es lamentable que en pleno 2026 la salud pública siga costando tanta dignidad; la burocracia parece diseñada para desgastar al derechohabiente antes de que el médico siquiera lo pueda revisar.
Lo más difícil de la situación es el contraste humano. Mientras la infraestructura se nota rebasada, las salas se saturan y las deficiencias del sistema son el pan de cada día, el personal de salud —médicos y enfermeras— hace milagros con lo que tiene a la mano, enfrentando una demanda que supera por mucho las capacidades del hospital. El problema no es la vocación de los que atienden, es el evidente abandono institucional de una clínica que hace mucho tiempo dejó de dar abasto para el tamaño de nuestra ciudad.
Al final del día, salir de ahí te deja con un sabor amargo y una mezcla de frustración y coraje. El IMSS Morelos no puede seguir siendo sinónimo de resignación y sufrimiento extra para los enfermos. Urge que las autoridades volteen a ver la realidad de los pisos hospitalarios y dejen las simulaciones a un lado, porque la salud de las familias chihuahuenses no es un juego, ni algo que pueda seguir esperando en una fila interminable.
